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Edición de Otoño · MMXXVI
Cine · Cultura · Influencia
Cannes 2026

Los hombres que ya no saben cómo pertenecer al mundo

La directora Valeska Grisebach en el Festival de Cannes 2026
Foto: Kevin Payravi / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0

Con The Dreamed Adventure, Valeska Grisebach vuelve al cine con una película silenciosa y profundamente física sobre la masculinidad, el trabajo y la fragilidad emocional de quienes viven en un estado de desplazamiento permanente.

En Cannes hay directores cuya ausencia acaba volviéndose casi mítica. Tras Western —una de las películas más influyentes y discretamente imitadas del cine europeo reciente—, Valeska Grisebach desapareció del circuito internacional durante años. Su regreso con The Dreamed Adventure no llegó rodeado de espectáculo mediático ni de grandes campañas promocionales. Y, sin embargo, pocas películas del Festival de Cannes 2026 generaron una atención tan silenciosa y persistente entre críticos, cineastas y programadores.

Quizá porque el cine de Grisebach pertenece a una especie cada vez más rara.

Un cine que observa antes de explicar.

Que permanece junto a los cuerpos y los silencios.

Que entiende que las tensiones sociales más profundas a menudo se manifiestan en gestos aparentemente insignificantes.

Presentada en la Competición Oficial, The Dreamed Adventure regresa precisamente al territorio humano y geográfico donde la directora alemana construyó buena parte de su obra: hombres que se mueven por espacios desconocidos, intentando construir formas frágiles de comunidad mientras se enfrentan en silencio a la erosión emocional que producen el trabajo, la precariedad y la dificultad contemporánea de pertenecer realmente a algún lugar.

La historia sigue a Jan, un técnico alemán de mediana edad que viaja con un pequeño grupo de trabajadores a una remota región costera del norte de África para supervisar la construcción de un complejo turístico de lujo. Lo que al principio parece un encargo temporal más se transforma poco a poco en una experiencia emocionalmente ambigua, en la que las relaciones entre los trabajadores europeos, los habitantes locales y el propio paisaje empiezan a revelar tensiones mucho más profundas en torno a la identidad, la masculinidad y el poder.

Pero, como siempre en el cine de Grisebach, la verdadera película transcurre bajo el argumento.

Porque a The Dreamed Adventure no le interesan realmente la obra ni los conflictos narrativos convencionales. Lo que observa es algo mucho más difícil de captar en el cine: la incomodidad silenciosa de hombres que ya no entienden del todo cuál se supone que es su lugar en el mundo contemporáneo.

Y esa sensación recorre toda la película.

Visualmente, Grisebach trabaja desde una austeridad casi documental. La cámara permanece cerca de los cuerpos, observando gestos mínimos, tiempos muertos y conversaciones fragmentadas en las que el sentido emocional surge despacio, casi por accidente. Los paisajes costeros del norte de África se filman sin exotismo turístico. No funcionan ni como postal ni como telón de fondo simbólico. Son espacios reales, físicos, marcados por desigualdades económicas invisibles que la película nunca necesita verbalizar.

Esa precisión es esencial.

Porque Grisebach entiende que muchas de las tensiones contemporáneas entre Europa y sus periferias ya no necesitan grandes discursos políticos. Viven en el comportamiento cotidiano. En los silencios incómodos entre los trabajadores extranjeros y los habitantes locales. En las jerarquías económicas invisibles que determinan quién puede moverse libremente y quién queda atrapado en ciertas geografías.

Pero lo que hace extraordinaria a The Dreamed Adventure es que nunca convierte esas tensiones en tesis sociológicas cerradas.

La directora observa con demasiada humanidad para eso.

Jan —interpretado por Franz Rogowski en una de las interpretaciones más contenidas y vulnerables de su carrera— nunca aparece como un mero símbolo del privilegio europeo ni como una víctima romántica del desencanto masculino contemporáneo. Rogowski construye un personaje profundamente ambiguo: emocionalmente torpe, incapaz de expresar con claridad el afecto o la vulnerabilidad, pero atravesado constantemente por una silenciosa sensación de fragilidad interior.

Y esa dimensión emocional transforma por completo la película.

Porque, bajo su aparente minimalismo narrativo, The Dreamed Adventure habla constantemente de hombres que sobreviven emocionalmente a través del trabajo físico y de relaciones masculinas incapaces de verbalizar una intimidad genuina. Grisebach filma esos vínculos con una sensibilidad extraordinaria. Los silencios entre los personajes dicen más que cualquier confesión explícita.

Hay escenas —hombres compartiendo cervezas después del trabajo, trayectos nocturnos en camioneta, momentos en los que simplemente contemplan el paisaje sin hablar— que poseen una densidad emocional difícil de describir. La película parece entender a la perfección cómo cierta masculinidad europea contemporánea sigue atrapada entre el deseo de conexión emocional y una incapacidad, profundamente aprendida, para expresarlo.

En la Croisette, muchas de las conversaciones tras el estreno giraron precisamente en torno a esa representación de la masculinidad. Algunos críticos vieron la película como una continuación temática de Western, sobre todo en la forma en que Grisebach observa a grupos de hombres europeos que se mueven por territorios donde las dinámicas de poder siguen siendo permanentemente ambiguas. Otros señalaron una nueva melancolía en su cine: una sensación más evidente de agotamiento emocional y de pérdida gradual de sentido en el trabajo contemporáneo.

Y quizá esa melancolía sea precisamente lo que hace que la película se sienta tan actual.

Porque The Dreamed Adventure parece hablar constantemente de personas atrapadas en sistemas económicos globales que producen un desplazamiento permanente. Los personajes construyen hoteles destinados al turismo internacional mientras ellos mismos permanecen emocionalmente suspendidos entre países, trabajos temporales y vínculos afectivos imposibles de estabilizar.

Incluso el paisaje participa de esa sensación.

El mar aparece constantemente como frontera emocional y física. Un espacio de tránsito. Una promesa de movimiento. Pero también un recordatorio permanente de desigualdades invisibles. Grisebach filma el horizonte marítimo con una serenidad extraña, casi melancólica, como si los personajes proyectaran sobre él todas las vidas alternativas que nunca llegaron a vivir.

En Cannes, donde muchas películas contemporáneas parecen diseñadas para producir un impacto inmediato o tesis políticas fácilmente identificables, The Dreamed Adventure operó desde otro lugar. Más silencioso. Más observador. Más interesado en captar estados emocionales difíciles de verbalizar que en imponer conclusiones ideológicas.

Y precisamente por eso se convirtió en una de las películas que con más persistencia permanecieron en el festival durante los días posteriores a su proyección.

Porque Grisebach entiende algo profundamente humano:

que la mayoría de las personas de hoy ya no viven grandes aventuras épicas.

Viven desplazamientos lentos.

Pequeñas pérdidas de orientación emocional.

La sensación persistente de construir espacios para otros mientras siguen buscando en silencio un lugar donde ellos mismos puedan, por fin, quedarse.

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