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Edición de Otoño · MMXXVI
Cine · Cultura · Influencia
Cannes 2026

La ética de apartar la mirada

Everytime, de Sandra Wollner, y la inquietante intimidad de un cine que se niega a la certeza

Hay películas que invitan a la interpretación, y hay películas que se resisten en silencio a las propias condiciones que hacen que la interpretación parezca estable. Everytime, de Sandra Wollner, presentada en el Festival de Cannes y premiada en la sección Un Certain Regard, pertenece a esta segunda categoría, más inquietante: un cine que no pide tanto ser comprendido como ser negociado éticamente.

Desde sus primeros minutos, la película establece una distancia que nunca es puramente formal. No es la distancia de la contención estética, sino algo más cercano a la incomodidad: una negativa cuidadosamente calibrada a ofrecer al espectador una posición estable desde la que mirar. El cine de Wollner se ha asociado desde hace tiempo a la ambigüedad narrativa y al desarraigo emocional, pero Everytime lleva esa lógica más lejos, hacia un espacio en el que la propia percepción se convierte en terreno inestable.

Lo que se despliega es menos una historia que una sucesión de encuentros con la incertidumbre. La película no organiza su material en torno a la exposición ni a la transparencia psicológica. Construye, en cambio, un campo de atención en el que el sentido permanece deliberadamente incompleto, siempre un poco fuera de alcance. En Cannes, donde la claridad suele premiarse de forma inconsciente —incluso en las secciones más experimentales—, esa negativa se vuelve visible de inmediato como una forma de tensión en la propia sala.

Ver Everytime es una experiencia marcada por un tipo peculiar de vacilación. Uno se vuelve consciente no solo de lo que se muestra, sino del propio acto de mostrar: del encuadre, de lo que se retiene y de la frágil ética contenida en la mirada de la cámara. Wollner no neutraliza esa conciencia; la amplifica. El resultado es una película que pide constantemente al espectador que reconsidere su propia posición en el acto de mirar.

En el paisaje de Un Certain Regard, una sección históricamente dedicada a las miradas singulares y al riesgo formal, Everytime se siente menos como una participante y más como una provocación. No se limita a ofrecer un estilo narrativo alternativo; cuestiona las condiciones en las que la propia narración se vuelve cómoda. No hay un anclaje emocional claro ni un punto de identificación estable que permanezca intacto durante mucho tiempo.

La película opera, en cambio, mediante la acumulación y la fractura. Las escenas no se resuelven en coherencia; resuenan, se repiten y se disuelven. El tiempo se siente menos lineal que circular, como si la película girara en torno a un acontecimiento que se niega a nombrar del todo. Esta ambigüedad estructural no es decorativa. Es central en la arquitectura ética de la película.

La dirección de Wollner evita las señales expresivas que suelen guiar la respuesta del espectador. La música no dicta la emoción. El encuadre no estabiliza el sentido. Las interpretaciones permanecen deliberadamente abiertas, resistiéndose a la transparencia que suele esperarse del cine de personajes. Lo que queda es una experiencia de proximidad sin claridad: una cercanía inquietante a situaciones que se niegan a declarar sus propias reglas.

En este sentido, Everytime participa en una conversación más amplia del cine contemporáneo: cómo representar la experiencia sin simplificarla en unidades narrativas consumibles. Pero, a diferencia de enfoques más didácticos, la película no propone soluciones. Mantiene la tensión. Insiste en la ambigüedad no como estilo, sino como necesidad.

Hay también una llamativa ausencia de consuelo narrativo. La película no conduce al espectador hacia una resolución, ni moral ni emocional. Deja huecos, no como omisiones que haya que rellenar, sino como elementos estructurales por derecho propio. Esos huecos se convierten en espacios activos que obligan a la atención a moverse de otra manera, a detenerse donde el cine suele acelerar.

En el contexto del Festival de Cannes, la respuesta a una obra así suele ser fragmentada. Algunos espectadores leen su ambigüedad como opacidad; otros, como precisión. Pero aquello a lo que Everytime parece resistirse con más fuerza es a la exigencia de legibilidad inmediata: la expectativa de que una película acabe, tarde o temprano, instalándose en la explicación.

Lo que queda tras la proyección no es un hilo narrativo, sino un poso de inquietud. La sensación de haber visto algo sin que se nos concedieran del todo las condiciones para comprenderlo. Ahí encuentra la película de Wollner su fuerza particular: en su negativa a traducir la experiencia en certeza.

El premio en Un Certain Regard parece, en este contexto, menos una conclusión que el reconocimiento de un riesgo. Cannes siempre ha sido un lugar donde el cine negocia sus propios límites: entre la accesibilidad y la resistencia, entre la claridad narrativa y la experimentación formal. Everytime se sitúa de lleno en esa negociación, pero se niega a resolverla.

Cuando vuelven las luces a la sala, no hay un movimiento colectivo hacia el consenso. Las conversaciones empiezan con cautela y a menudo se interrumpen a mitad de frase. Las interpretaciones siguen siendo provisionales, casi deliberadamente inacabadas. Es como si la película hubiera extendido su lógica más allá de la pantalla, hasta la propia manera en que permite que se hable de ella.

Al final, Everytime no ofrece sentido. Construye un espacio en el que el sentido se vuelve inestable, contingente y cargado de ética. No pregunta qué hemos visto, sino cómo se nos permite ver, y qué significa permanecer en esa incertidumbre sin apresurarse a escapar de ella.

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