Los cuerpos que Europa ya no quiere ver

Con Notre Salut, Emmanuel Marre filma la periferia humana de Europa desde una intimidad física y emocional que convierte el deseo, la precariedad y la migración en una experiencia profundamente contemporánea.
En Cannes, algunas películas llegan acompañadas de nombres consagrados, grandes presupuestos o campañas diseñadas para dominar los titulares. Otras surgen en silencio dentro de la programación y van creciendo a lo largo del festival como un rumor persistente entre críticos, programadores y espectadores que sienten haber descubierto algo extraño y profundamente vivo. Notre Salut, del director belga Emmanuel Marre, pertenecía claramente a la segunda categoría.
Presentada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2026, la película confirmó algo que parte del cine independiente europeo contemporáneo lleva años explorando: que las historias más urgentes del continente no siempre transcurren en sus centros de poder, sino en sus márgenes invisibles. En gasolineras. En pisos temporales. En carreteras nocturnas. Dentro de cuerpos que cruzan fronteras físicas y emocionales mientras simplemente intentan encontrar un lugar donde descansar.
Y eso es precisamente lo que filma Emmanuel Marre.
Notre Salut sigue a Victoire y Smaïl, dos jóvenes migrantes que sobreviven en la periferia de Bélgica a base de trabajos precarios, pequeños delitos y vínculos emocionales construidos más desde la necesidad mutua que desde cualquier idea idealizada del romance. La película evita deliberadamente el enfoque sociológico clásico sobre la migración o la exclusión social. Marre no quiere explicar a sus personajes. Quiere permanecer a su lado. Respirar con ellos. Observar cómo sus cuerpos ocupan espacios en los que parecen constantemente tolerados, pero nunca del todo aceptados.
Y esa decisión transforma por completo la experiencia de la película.
Porque Notre Salut nunca se siente como un cine social convencional. La película opera desde un lugar más físico, más íntimo y mucho más incómodo: la sensación permanente de desplazamiento emocional. Victoire y Smaïl no se filman como símbolos políticos ni como víctimas ejemplares. Son jóvenes que intentan sobrevivir emocionalmente en un mundo donde casi todo parece diseñado para volverlos invisibles.
Visualmente, Marre construye un universo nocturno y húmedo donde la precariedad no aparece ni estetizada ni miserabilista. La fotografía trabaja con una tenue iluminación urbana, interiores estrechos y carreteras periféricas impregnadas de una constante sensación de tránsito. Bélgica surge aquí menos como un país que como un territorio emocional suspendido entre el agotamiento económico y la imposibilidad de pertenecer del todo a ninguna parte.
Hay algo especialmente europeo en esa atmósfera.
Una Europa muy alejada de la retórica institucional y de la imagen turística. Una Europa donde la convivencia multicultural ya no se percibe como una promesa idealista, sino como una coexistencia frágil y silenciosa entre personas agotadas por sistemas económicos incapaces de ofrecer estabilidad emocional o material. Marre observa todo esto sin énfasis ideológico evidente. Prefiere trabajar con gestos mínimos: un cigarrillo compartido, una conversación interrumpida, un trayecto nocturno en coche en el que dos personajes parecen demasiado cansados incluso para hablar.
Y es precisamente ahí donde la película descubre su verdadera fuerza.
Porque Notre Salut entiende que buena parte de la violencia contemporánea ya no necesita expresarse de forma explícita. Vive en la precariedad permanente. En los trabajos temporales. En la burocracia migratoria. En la sensación de que ciertos cuerpos ocupan de forma permanente espacios provisionales dentro de la sociedad europea.
En Cannes, muchas conversaciones tras la proyección giraron precisamente en torno a esa sensibilidad. Algunos críticos compararon el cine de Marre con el de los hermanos Dardenne, sobre todo por la manera en que filma cuerpos que se mueven por paisajes industriales y urbanos. Pero Notre Salut tiene otra textura. Más sensual. Más errática. Menos estructurada en torno a la culpa moral y más interesada en observar cómo las personas buscan pequeños momentos de placer o intimidad incluso en circunstancias profundamente precarias.
La relación entre Victoire y Smaïl funciona según esa lógica.
No hay grandes declaraciones románticas ni arcos emocionales tradicionales. Lo que existe es una necesidad mutua de compañía frente al agotamiento de la vida cotidiana. Marre filma el afecto como algo frágil, casi accidental, construido a partir de pequeños gestos improvisados de cuidado. Y precisamente por eso las escenas íntimas tienen una verdad emocional difícil de encontrar en buena parte del cine social contemporáneo.
Hay también algo profundamente actual en la manera en que la película observa el deseo.
Los personajes se relacionan físicamente como personas plenamente conscientes de la inestabilidad permanente de sus vidas. Todo parece provisional. Incluso la felicidad. Marre evita el sentimentalismo fácil y, aun así, consigue que el público sienta constantemente con qué desesperación necesitan estos personajes ser vistos por alguien, aunque solo sea durante unos instantes.
La cámara permanece muy cerca de ellos. A veces demasiado. Como si la película quisiera eliminar cualquier distancia cómoda entre el espectador y el personaje. Esa proximidad genera momentos de enorme vulnerabilidad emocional, sobre todo en las escenas en las que el silencio ocupa más espacio que el diálogo.
En la Croisette, donde las películas se clasifican a menudo con rapidez como «cine político», «cine de autor» o «cine social», Notre Salut resultó más difícil de encasillar. Y quizá eso forme parte de su fuerza. A Marre parece interesarle menos construir un discurso que capturar estados emocionales contemporáneos: el agotamiento, el deseo, la precariedad, el miedo al futuro, la necesidad desesperada de contacto humano.
Todo eso atraviesa constantemente la película.
Incluso los espacios tienen una dimensión emocional particular. Gasolineras abiertas pasada la medianoche. Habitaciones temporales. Aparcamientos vacíos. Bares medio vacíos en los que nadie parece quedarse mucho tiempo. Marre filma una Europa nocturna donde las personas existen en tránsito permanente, como si la propia estabilidad se hubiera convertido en un privilegio inaccesible para buena parte de toda una generación.
Y, sin embargo, Notre Salut nunca se derrumba en el nihilismo.
Porque incluso dentro de esa precariedad emocional y económica, la película descubre pequeños momentos de ternura radical. Una mirada sostenida un poco más de la cuenta. Un cuerpo que descansa junto a otro. La posibilidad mínima —pero todavía existente— de que alguien acompañe a otra persona a través de la noche.
Quizá por eso la película siguió resonando en silencio durante todo Cannes mucho después de que aparecieran las primeras críticas. No como una obra pensada para imponer grandes tesis sobre Europa o la migración, sino como una experiencia íntima sobre personas que intentan preservar algo de humanidad dentro de estructuras cada vez más deshumanizadoras.
Y eso, al final, convierte Notre Salut en algo más doloroso que un simple drama social.
Porque Emmanuel Marre parece entender que la verdadera tragedia contemporánea no es solo la exclusión.
Es acostumbrarse poco a poco a vivir como si siempre se estuviera de paso.



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