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Edición de Otoño · MMXXVI
Cine · Cultura · Influencia
Cannes 2026

Cuando una ciudad recuerda

I See Buildings Fall Like Lightning, de Clio Barnard, captura el frágil vínculo entre las personas y los lugares, y obtiene el Premio del Público con una película que convierte la transformación urbana en una historia profundamente humana.

Hay películas que llegan a Cannes impulsadas por la expectación crítica, y otras que encuentran su impulso en algo menos previsible: la respuesta emocional del público. I See Buildings Fall Like Lightning, la nueva obra de la cineasta británica Clio Barnard, pertenece inequívocamente a la segunda categoría. Galardonada con el Premio del Público en la Semana de la Crítica, la película se convirtió en una de esas raras experiencias de festival que parecen viajar más allá de la sala, generando conversaciones no solo sobre cine, sino sobre la memoria, la pertenencia y la forma cambiante de los lugares a los que llamamos hogar.

El propio título parece un verso sacado de un poema o de un sueño. Evoca a la vez violencia y belleza, derrumbe e iluminación. Los edificios no se limitan a caer; caen «como relámpagos», convirtiendo la destrucción en una imagen de brillo fugaz. Esa tensión recorre toda la película, que explora las consecuencias emocionales de la transformación urbana con la sensibilidad que siempre ha distinguido el trabajo de Barnard.

Desde hace más de una década, Barnard ocupa un lugar singular en el cine británico contemporáneo. Sus películas suelen situarse en la intersección entre la ficción, la observación documental y la indagación social, y examinan vidas marcadas por realidades económicas sin reducirlas a casos sociológicos. I See Buildings Fall Like Lightning continúa esa tradición, pero resulta especialmente resonante en un momento en que la comunidad, el desplazamiento y la identidad se han vuelto centrales en el debate público en Europa y fuera de ella.

La película transcurre en un paisaje en transformación. Los edificios desaparecen. Los lugares familiares se esfuman. Los barrios evolucionan, a menudo más deprisa de lo que sus habitantes pueden asimilar. Pero a Barnard nunca le interesa solo la arquitectura. Su foco permanece firmemente en las historias humanas escondidas dentro de esas transformaciones.

¿Qué ocurre cuando un lugar que ha dado forma a tus recuerdos empieza a desaparecer?

¿Cómo mantienen las personas un sentido de continuidad cuando el mundo físico que las rodea se reescribe constantemente?

En lugar de responder directamente a estas preguntas, Barnard deja que surjan a través de la observación. Sus personajes recorren espacios marcados por la ausencia y la transición, cargando con historias personales que chocan con fuerzas más amplias de renovación y cambio. La ciudad se convierte en algo más que un escenario. Se convierte en un archivo emocional: un depósito de experiencias que corre el riesgo de borrarse incluso mientras sigue evolucionando.

Visualmente, la película demuestra la característica contención de Barnard.

No hay intento alguno de idealizar la decadencia ni de demonizar el progreso. La cámara se detiene en texturas, rostros, calles y estructuras con una curiosidad paciente. Los solares vacíos resultan tan expresivos como las conversaciones. Las obras de demolición parecen cargadas de memoria. La luz se refleja de otra manera sobre superficies que quizá pronto dejen de existir.

Esa atención al espacio físico dota a la película de una atmósfera extraordinaria. El espectador no solo observa una ciudad que cambia: siente su transformación.

Durante las proyecciones de la Semana de la Crítica, una de las observaciones más repetidas entre el público fue la capacidad de la película para evocar la nostalgia sin volverse nostálgica. Barnard entiende que la memoria nunca es una imagen fija. Es fluida, contradictoria y a menudo inseparable de la pérdida. La película captura esa complejidad con una delicadeza extraordinaria.

Al mismo tiempo, I See Buildings Fall Like Lightning sigue siendo profundamente contemporánea.

En toda Europa, los debates sobre la vivienda, la renovación urbana, la gentrificación y el desplazamiento social siguen marcando la vida en las ciudades. Pero Barnard aborda estas cuestiones sin consignas políticas ni certezas ideológicas. Su mirada permanece anclada en la experiencia vivida. Las grandes fuerzas sociales están presentes, pero siempre filtradas por vidas y relaciones individuales.

Esa decisión le da a la película su accesibilidad emocional.

El público no necesita compartir la misma geografía para reconocer sus temas. El miedo a perder lugares familiares, la tristeza de ver un barrio cambiar hasta volverse irreconocible, el deseo de aferrarse a la propia historia frente a la transformación: son experiencias que resuenan mucho más allá de una sola ciudad o país.

El Premio del Público resulta especialmente significativo en este contexto.

A diferencia de los premios del jurado, los del público reflejan una respuesta emocional colectiva. Indican que una película ha triunfado no solo como objeto artístico, sino como experiencia compartida. En Cannes, donde la innovación formal y el discurso crítico suelen dominar las conversaciones, ese reconocimiento tiene un peso propio.

La película de Barnard logra algo cada vez más raro: invita a la reflexión sin exigir acuerdo.

Los espectadores pueden salir con interpretaciones distintas de sus implicaciones sociales, pero les une la verdad emocional que hay en su centro. La película entiende que los lugares importan no solo por su arquitectura, sino por las vidas que contienen.

A medida que avanzaba el festival, I See Buildings Fall Like Lightning siguió ganando impulso gracias al boca a boca. La crítica elogió su sensibilidad y el público respondió a su honestidad emocional. Se convirtió en una de esas películas de las que no se habla por sus giros argumentales o revelaciones dramáticas, sino por sus momentos: una calle recordada, un edificio que desaparece, un rostro iluminado por la certeza de que el cambio es inevitable y, aun así, doloroso.

Esa acumulación de momentos es la mayor fortaleza de la película.

Barnard no plantea la transformación urbana como una batalla entre el pasado y el futuro. La revela como un proceso de negociación en el que la memoria y el progreso conviven con dificultad. El resultado es una película a la vez íntima y amplia, anclada en realidades concretas y capaz de hablar de ansiedades universales sobre la pertenencia.

Cuando se encendieron las luces tras sus últimas proyecciones en Cannes, la película ya había empezado a pasar de título de festival a recuerdo compartido. No porque ofreciera respuestas fáciles, sino porque expresaba algo que muchos espectadores reconocían de forma instintiva: que los lugares nos moldean mucho después de haberlos dejado, y que perderlos puede sentirse como perder una parte de nosotros mismos.

Al final, I See Buildings Fall Like Lightning no es solo una película sobre edificios.

Es una película sobre las personas que los recuerdan.

Y en ese acto de memoria, Clio Barnard ha creado una de las obras más conmovedoras y serenamente profundas que ha dejado Cannes este año.

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