Bailar mientras el mundo desaparece

Con The Man I Love, Ira Sachs convierte el Nueva York de los peores años de la crisis del sida en un espacio suspendido entre el deseo, la fragilidad y la necesidad desesperada de seguir viviendo aunque el cuerpo empiece a apagarse.
En Cannes, el ruido suele llegar antes que la emoción. Las películas se comentan como candidatas, movimientos estratégicos o posibles ganadoras mucho antes de verse. Pero con The Man I Love empezó a ocurrir algo distinto desde los primeros pases privados. Las conversaciones sobre el nuevo largometraje de Ira Sachs no se centraban solo en la Competición Oficial o en el regreso del director estadounidense a la Croisette tras varios años de ausencia. Por los pasillos del festival circulaba otra sensación: la de estar ante una obra profundamente íntima, moldeada más por la memoria emocional que por la reconstrucción histórica.
Quizá por eso la experiencia de ver The Man I Love se parece menos a una película sobre el sida que a una película sobre el tiempo. Sobre el deseo de seguir habitando el cuerpo, el amor y el arte incluso cuando la muerte empieza a acercarse de forma incómoda.
Estrenada en la Competición del Festival de Cannes 2026, The Man I Love transcurre en el Nueva York de finales de los años ochenta, en plena crisis del VIH/sida. Jimmy George —interpretado por un Rami Malek extraordinariamente contenido y vulnerable— es una figura celebrada de la escena teatral del downtown que intenta sostener su vida artística y sus relaciones afectivas mientras su salud inicia un declive irreversible. Pero Sachs evita con cuidado los mecanismos habituales del melodrama médico. No le interesa filmar la enfermedad como espectáculo emocional. Le interesa filmar la vida que insiste en existir a su alrededor.
Y esa decisión transforma toda la película.
Desde sus primeros planos, The Man I Love respira una melancolía a la vez luminosa y dolorosa. La fotografía de Josée Deshaies apuesta por colores saturados, interiores cálidos y una luz nocturna que parece envolver a los personajes en una ciudad suspendida permanentemente entre la celebración y el duelo. Nueva York aparece menos como telón de fondo que como estado emocional: un lugar donde el arte, el sexo, la música y la muerte convivían en las mismas habitaciones.
Sachs entiende algo fundamental de aquel momento histórico: incluso en medio de la devastación, existía una intensidad vital difícil de comprender desde la distancia actual. Por eso la película nunca cae en la solemnidad. Hay música. Hay deseo. Hay baile. Hay conversaciones absurdamente cotidianas en apartamentos diminutos mientras el miedo acecha justo fuera del encuadre. La tragedia no borra la vida; la vuelve más urgente.
Esa sensibilidad impregna cada aspecto de la película.
Jimmy George no aparece como un mártir ni como un símbolo político. Es un hombre que intenta seguir deseando. Y en ese espacio, Rami Malek ofrece la que quizá sea la interpretación más delicada y emocionalmente precisa de su carrera desde Mr. Robot. Durante años, el actor pareció a menudo confinado a papeles construidos sobre una excentricidad interpretativa. Aquí ocurre lo contrario. Sachs lo filma a través de la fragilidad física, de las pausas, de una mirada constantemente ensombrecida por emociones que quedan justo más allá de las palabras.
En la Croisette, muchas de las conversaciones tras el estreno giraron precisamente en torno a esa interpretación. Algunos críticos la describieron como una reinvención; otros sugirieron que era la primera vez que Malek parecía realmente cómodo dentro de su propio silencio. Incluso la respuesta emocional tras la proyección —una ovación especialmente larga y la visible emoción del actor en el Grand Théâtre Lumière— pasó a formar parte del relato del festival.
Pero reducir la película a una sola interpretación sería injusto.
Porque The Man I Love funciona también como una reflexión profundamente personal sobre la memoria queer y la representación cinematográfica. Sachs, que vivió en Nueva York durante aquellos años, construye la película a partir de experiencias íntimas, amistades perdidas y recuerdos emocionales ligados a la comunidad artística del downtown de los ochenta. Esa conexión autobiográfica se percibe constantemente en pantalla. La película nunca parece recrear el pasado. Parece recordarlo.
Incluso la dimensión musical —sutil pero esencial de principio a fin— responde a esa lógica emocional. Las canciones surgen como refugio, como un lenguaje alternativo del afecto, como momentos en los que los personajes pueden expresar lo que las palabras ya no son capaces de sostener. La interpretación de «The Man I Love», el clásico de Gershwin que da título a la película, adquiere una resonancia devastadora precisamente porque la película entiende el amor no como una promesa romántica idealizada, sino como una necesidad humana desesperada frente a la fragilidad del tiempo.
Y quizá ahí resida la verdadera fuerza del cine de Sachs.
A diferencia de buena parte del cine contemporáneo sobre la crisis del sida —a menudo estructurado en torno a la pedagogía histórica o al trauma explícito—, The Man I Love adopta una mirada mucho más íntima y sensorial. A Sachs parece interesarle menos explicar la historia que preguntarse cómo se recuerda emocionalmente una época marcada a la vez por el deseo y el miedo. ¿Cómo se filma la cercanía de la muerte sin permitir que esa cercanía devore la experiencia de estar vivo?
La película responde observando cuerpos. Miradas. Bailes. Apartamentos llenos de humo y conversaciones que parecen destinadas a terminar demasiado pronto. Hay escenas en las que el tiempo se ralentiza hasta volverse casi tangible. Otras en las que la música ocupa el espacio emocional que los propios personajes ya no pueden habitar del todo.
En Cannes, donde muchas películas contemporáneas parecen diseñadas para generar discurso inmediato, The Man I Love opera desde una sensibilidad completamente distinta. Más vulnerable. Más física. Más humana. Sachs no busca convertir el sufrimiento queer en espectáculo moral ni en iconografía trágica. Filma a personas que intentan preservar momentos de belleza dentro de una realidad históricamente devastadora.
Y eso hace que la película resulte aún más desgarradora.
Porque mientras el espectador ve a Jimmy bailar, enamorarse o cantar, sabe exactamente lo que se avecina. La película también lo sabe. Y, aun así, se niega una y otra vez a permitir que la muerte monopolice la experiencia emocional de sus personajes.
Quizá por eso The Man I Love siguió presente en la Croisette mucho después de su estreno. No solo como una de las películas más comentadas de la Competición, sino como una obra que nos recuerda algo esencial sobre el cine y la memoria: que incluso las épocas más oscuras estuvieron llenas de personas que intentaban amar mientras todo a su alrededor empezaba a desaparecer.
Y quizá ese fue siempre el verdadero acto de resistencia.
Seguir bailando.



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