Los cuerpos que siguen resistiendo mientras todo a su alrededor empieza a derretirse

Con El deshielo, Manuela Martelli convierte el paisaje helado del extremo sur de Chile en una meditación hipnótica y profundamente política sobre la memoria, la maternidad y las fracturas emocionales de una sociedad que todavía no sabe convivir con su propia historia.
En Cannes, ciertas películas parecen cargar con el peso de conversaciones mucho más grandes que ellas mismas. El deshielo —Meltdown en su título internacional— llegó a la Croisette rodeada precisamente de esa sensación. No solo como el esperado regreso de Manuela Martelli tras 1976, sino como una obra leída a la luz de un cine latinoamericano contemporáneo cada vez más volcado en explorar las réplicas íntimas de los grandes traumas políticos y sociales.
Lo que hace tan poderosa a El deshielo, sin embargo, es la cuidadosa negativa de Martelli a la solemnidad o a la retórica política explícita.
No ha hecho una película sobre la memoria histórica.
Ha hecho una película sobre personas que intentan seguir viviendo mientras esa memoria se filtra en silencio en cada aspecto cotidiano de sus vidas.
Y esa distinción cambia por completo la textura emocional de la película.
Estrenada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2026, El deshielo transcurre en Punta Arenas, en el extremo más austral de Chile, donde el retroceso gradual de glaciares milenarios empieza a dejar al descubierto restos humanos vinculados a la dictadura militar. En ese contexto, Elsa —interpretada con una contención admirable por Antonia Zegers— trabaja como enfermera en un hospital local mientras intenta sostener una relación cada vez más frágil con su hija adolescente. El hallazgo de uno de los cuerpos conecta inesperadamente a Elsa con una historia familiar cuidadosamente enterrada durante décadas.
Pero Martelli nunca convierte ese misterio en un thriller convencional.
Su interés está en otro lugar: en cómo ciertos silencios históricos siguen habitando cuerpos, familias y paisajes mucho después de haber sido oficialmente olvidados.
Visualmente, El deshielo posee una belleza austera y profundamente inquietante. La Patagonia chilena se filma como un lugar suspendido entre la inmensidad y la fragilidad. El hielo, el viento y los grandes espacios abiertos generan una constante sensación de aislamiento emocional, pero también la impresión de que algo antiguo empieza lentamente a emerger bajo la superficie.
La fotografía desarrolla con maestría esa relación entre paisaje y memoria.
Los glaciares no son solo un escenario natural. Funcionan como archivos físicos del trauma. Cuerpos congelados que guardan historias que la sociedad prefirió no afrontar de frente durante décadas. Y cuando el hielo empieza a derretirse, no solo resurgen restos humanos.
Surgen preguntas.
Responsabilidades.
Herencias emocionales que ya no pueden ignorarse.
Antonia Zegers firma una interpretación extraordinaria como Elsa. Su personaje parece suspendido de forma permanente entre el agotamiento emocional y la necesidad compulsiva de seguir funcionando. Martelli filma su rostro como si intentara capturar todo lo que queda sin decir. Secuencias enteras transcurren casi sin diálogo y, aun así, la película transmite con precisión la experiencia de una mujer que intenta evitar que el pasado desestabilice por completo el frágil equilibrio de su presente.
Y ahí reside una de las grandes virtudes de Martelli como cineasta.
Su capacidad para retratar el trauma político a través de la intimidad de la vida cotidiana.
El deshielo nunca recurre a grandes escenas explicativas ni a reconstrucciones históricas explícitas. La dictadura existe aquí como una presencia subterránea, incrustada en las relaciones familiares, en las conversaciones interrumpidas y en los silencios que pasan de una generación a otra. La película entiende que ciertas formas de violencia histórica nunca desaparecen del todo. Simplemente cambian de forma. Se entretejen en la vida ordinaria hasta volverse casi invisibles.
En la Croisette, muchos críticos compararon la película con las mejores obras del cine latinoamericano contemporáneo que abordan la memoria política desde una narración íntima y sensorial. Algunos señalaron ecos del cine de Lucrecia Martel en su relación física con el paisaje y el sonido. Otros la vieron como una continuación emocional de las inquietudes que Martelli exploró en 1976, aunque aquí la cineasta parece todavía menos interesada en las certezas morales.
Porque El deshielo no funciona a base de respuestas.
Funciona a base de una incomodidad persistente.
Sobre todo en su examen de la memoria y la responsabilidad colectiva. La película parece preguntar una y otra vez qué significa realmente convivir con un pasado violento cuando buena parte de la sociedad ha construido su estabilidad actual precisamente sobre su capacidad de no hablar de él.
Y Martelli plantea esa pregunta sin alzar la voz.
Eso es esencial.
La película nunca cae en la dramatización política evidente. Todo funciona mediante una lenta acumulación de tensión. El hospital donde trabaja Elsa. Los paisajes helados. Las conversaciones familiares aparentemente insignificantes. Todo transmite la sensación de una comunidad en la que el pasado sigue presente aunque nadie parezca del todo dispuesto a nombrarlo.
La película tiene también una dimensión profundamente ecológica.
Pero, de nuevo, Martelli evita simplificar. El deshielo provocado por el clima funciona a la vez como fenómeno físico y como metáfora histórica. La naturaleza no aparece como víctima pasiva, sino como una fuerza que devuelve poco a poco lo que el poder intentó ocultar. Los glaciares conservan la memoria. Y cuando empiezan a desaparecer, esa memoria irrumpe con violencia en el presente.
Algunos de los momentos más poderosos de la película nacen precisamente de su contención.
Elsa mirando el mar en silencio.
Los trabajadores recuperando restos humanos del hielo.
La sensación persistente de cuerpos —humanos y geográficos— que ya no son capaces de contener lo que han escondido durante demasiado tiempo.
En la Croisette, El deshielo se percibió también como la confirmación definitiva de Manuela Martelli como una de las voces más interesantes del cine latinoamericano actual. Tras 1976, vuelve a explorar las consecuencias íntimas de la violencia política en Chile, pero esta vez desde una mirada aún más abstracta, atmosférica y emocionalmente compleja.
Y quizá ahí resida la verdadera fuerza de la película.
Porque El deshielo entiende algo esencial sobre la memoria histórica:
El pasado rara vez desaparece.
Permanece congelado en los paisajes, en las familias y en los cuerpos hasta que algo —el tiempo, el clima o simplemente el cansancio colectivo de seguir callando— rompe por fin la superficie.
En una edición de Cannes muy marcada por películas sobre guerras contemporáneas y fracturas políticas visibles, Martelli eligió observar una violencia de otro tipo: el proceso lento y silencioso por el que sociedades enteras aprenden a convivir emocionalmente con aquello que han decidido no afrontar.
Y El deshielo convierte esa herida enterrada en una experiencia cinematográfica fría, hipnótica y profundamente humana.
Como si el propio paisaje hubiera decidido, por fin, hablar.



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