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Edición de Otoño · MMXXVI
Cine · Cultura · Influencia
Cannes 2026

Las mujeres de las que Europa depende, pero prefiere no ver

Con Strawberrys, Laïla Marrakchi convierte los campos de fresas del sur de España en el escenario de una historia profundamente humana sobre explotación, migración y la silenciosa resistencia colectiva de las mujeres.

Algunas películas llegan a Cannes impulsadas por el prestigio. Otras llegan empujadas por la urgencia.

Strawberrys pertenece, sin duda, a la segunda categoría.

Presentado en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2026, el nuevo largometraje de la cineasta franco-marroquí Laïla Marrakchi llegó a la Croisette rodeado de una conversación distinta a la habitual retórica festivalera de autores, premios y carreras internacionales. Aquí el foco estaba en otro lugar: cuerpos invisibles. Trabajo precario. Fronteras económicas. Mujeres que sostienen en silencio industrias enteras mientras Europa aprende, con cuidado, a no mirarlas demasiado de cerca.

Y quizá por eso la película provocó una de las respuestas emocionales más intensas de Un Certain Regard.

Porque Strawberrys no observa la explotación desde la distancia sociológica del cine social tradicional.

La habita.

La historia sigue a Hasna y Nora, dos jóvenes marroquíes que dejan su hogar para trabajar en la campaña de la fresa en Andalucía. La promesa parece sencilla al principio: un salario justo, alojamiento y la posibilidad de volver a casa con dinero suficiente para mantener a sus familias. Pero la realidad pronto demuestra lo contrario. Jornadas agotadoras, vigilancia constante, acoso, abuso de poder y condiciones de vida degradantes convierten poco a poco lo que parecía una oportunidad en una lucha diaria por la supervivencia física y emocional.

Sin embargo, lo más destacable de la película es la negativa de Marrakchi a reducir a sus protagonistas a simples símbolos del sufrimiento migrante.

Esa distinción es esencial.

Porque Strawberrys entiende algo profundamente importante sobre la representación contemporánea de la precariedad: las personas explotadas siguen siendo seres humanos completos. Tienen humor. Deseo. Contradicciones. Amistades. Rabia. Sueños absurdos. Instantes fugaces de alegría compartidos incluso en las circunstancias más brutales.

Y esa humanidad recorre cada plano de la película.

Visualmente, Marrakchi apuesta por un naturalismo cálido y profundamente físico. Los enormes invernaderos de Huelva se filman casi como espacios claustrofóbicos, donde el calor, el plástico y la repetición mecánica del trabajo generan una constante sensación de agotamiento corporal. Pero la directora nunca estetiza la dureza. No hay pobreza convertida en postal pintoresca. Lo que surge, en cambio, es una observación precisa de cuerpos que trabajan al límite mientras intentan conservar una mínima forma de dignidad.

El director de fotografía Tristan Galand capta con especial precisión la contradicción visual central de la película: los campos de fresas aparecen bañados por una luz hermosa y luminosa, mientras bajo ese paisaje agrícola perfectamente ordenado circula una forma silenciosa de violencia estructural.

Y luego están las mujeres.

Nisrin Erradi y Hajar Graigaa ofrecen interpretaciones extraordinariamente contenidas como Hasna y Nora. Ninguna cae en la dramatización evidente. La película entiende que el agotamiento extremo se manifiesta a menudo en pequeños silencios, en un humor defensivo y en una especie de resistencia emocional automática que impide el derrumbe total. Sus personajes pasan cada día negociando cuánto miedo mostrar y cuánto dolor ocultar simplemente para poder seguir trabajando.

Marrakchi filma esos vínculos femeninos con una sensibilidad extraordinaria.

Porque, bajo la dimensión política y social de la película, late algo todavía más poderoso: una historia de solidaridad forjada en condiciones profundamente hostiles. Las trabajadoras comparten comida, información, secretos y pequeños gestos de cuidado mutuo que poco a poco se convierten en la única protección emocional real dentro de un sistema diseñado precisamente para mantenerlas aisladas y vulnerables.

En la Croisette, muchas de las conversaciones tras el estreno giraron en torno a cómo la película retrata la explotación laboral femenina sin reducir a sus personajes a víctimas simplistas. Itsaso Arana, que interpreta a una abogada española implicada en acciones legales contra los responsables de los invernaderos, habló durante el festival de una película comprometida con la «complejidad moral» y decidida a evitar el exotismo del sufrimiento migrante.

Y esa decisión transforma todo el tono de la obra.

Porque Strawberrys nunca funciona como un relato en el que Europa rescata a las trabajadoras migrantes. La solidaridad aparece aquí como algo mucho más ambiguo, fragmentado e imperfecto. Incluso los personajes bienintencionados siguen formando parte de estructuras económicas que se benefician del trabajo precario que dicen combatir.

Marrakchi parece muy consciente de esa contradicción.

La película observa constantemente cómo el bienestar europeo depende, a menudo de forma invisible, de sistemas agrícolas sostenidos por mujeres migrantes. Y lo hace sin discursos explícitos ni consignas políticas evidentes. Basta con ver a las trabajadoras exhaustas saliendo de los invernaderos mientras los supermercados siguen funcionando con normalidad a cientos de kilómetros.

Algunos de los momentos más devastadores de la película nacen precisamente de su cotidianidad.

Las llamadas en las que las protagonistas fingen que todo va bien por el bien de sus familias.

Las conversaciones nocturnas en los dormitorios compartidos.

La forma gradual en que algunas trabajadoras empiezan a aceptar ciertos abusos como el precio inevitable de la supervivencia económica.

Marrakchi entiende que la violencia estructural no se limita al maltrato visible.

Su mayor logro es convencer a las personas de que ya no tienen derecho a esperar algo mejor.

En Cannes, Strawberrys se interpretó también como parte de una conversación más amplia sobre la creciente presencia del cine africano y magrebí en el panorama europeo contemporáneo. Veinte años después de Marock, Marrakchi vuelve a Cannes con una mirada muy distinta: menos interesada en los privilegios de la sociedad urbana marroquí y mucho más centrada en las dinámicas transnacionales de la explotación económica, la migración y el género.

Y quizá ahí reside precisamente la fuerza política de la película.

Porque Strawberrys nunca necesita grandes escenas de denuncia para exponer la violencia del sistema.

Simplemente observa.

Los autobuses que recogen a las trabajadoras antes del amanecer.

Los contratos ambiguos.

Los cuerpos exhaustos, doblados durante horas bajo los techos de plástico de los invernaderos.

Las mujeres que ríen juntas para sobrevivir un día más.

En una edición de Cannes preocupada por las preguntas sobre la identidad europea contemporánea, Marrakchi eligió mirar de frente una de las realidades que Europa sigue manteniendo justo fuera del encuadre:

Las mujeres migrantes que sostienen físicamente buena parte de su prosperidad cotidiana.

Y Strawberrys las coloca, por fin, en el centro de la imagen.

No como víctimas abstractas.

Sino como seres humanos completos.

Visibles.

Irreductibles.

Y cansadas de existir solo en los márgenes de la historia de Europa.

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